miércoles, 12 de mayo de 2010

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Un todo de sangre en la cresta del mundo. Vivir para aprender a morir con la música entre los dientes y la cresta violinista del mundo donde aromamos el lenguaje y aprendemos del beso absoluto que nos descoyunta y nos sacude para siempre. Vivir magníficamente con la sangre debajo de la piel en los agujeros, las grietas calientes del mundo que nos van comiendo deliciosamente cada día, y luego nada, nada lentamente, hasta irse yendo hacia ninguna parte donde duermen los muertos.

sábado, 20 de febrero de 2010

Declaratoria

Yo sólo quiero úlceras y mermeladas para las escrituras de la tierra.

Los verbos sin llagas me la pelan.

Ruido de vida.
Mi río me ruge en el estómago.

Corazones solares que vomiten.

Millones de soles que empapan.

Semen y vulvas navegantes para el uni/verso.

Oy nomás, y échale k-paz

Parece una verdad sencilla decir que escribir no es un exquisito problema sencillo: es tan sólo, a secas, un exquisito problema. Pero nada de facilidades. Que la genialidad no es un asunto simple que se despacha y queda hecho, por imitación, por la necesidad de ser especial, magnífica, ininterrumpidamente listo, es, eso sí, fácilmente visto. La genialidad es un achaque que dura toda la vida hasta el inicio de la muerte, que la sofoca. Y mientras dura tiene la capacidad de sólo desaparecer o sólo decirle sus verdades al siglo, con la violencia de un adolescente, o sólo caminar como una plenitud, como quien siente —cabeza de flamboyán— la vida absoluta, dentada, furiosa, enteramente atravesándolo; la vida verde, tan mística como el cerebro del universo, mordiendo, defecando, fecundando adentro suyo, inundándolo como el sangrado coagulante, constante, detonante que toda vida verdadera, respirante es.

Pero entonces, pese a todo (y éste debe ser un inmenso sin-em-bar-go:) si tan ruidoso problema yace tan cercano a los arbustos, a los músicos, a los chimuelos danzantes, ¿por qué no todos nosotros, honesta, limpia, brutalmente, pudiéramos ser del todo geniales? ¿O serás tú, usted, quien defienda la idea de separar a los hombres del mar, del cielo, de la oportunidad de bailar sobre sus pulmones o callarse con la mejor de las sabidurías a punto de ser y ponerse a tocar? ¿Quién sugiere que se niegue a la vida la oportunidad de desnudarse chapados al sexo, de sudar con apetitos lunares y una cebolla en el bolsillo? ¿Quién es incapaz de mirar en una prostituta a una mujer, en una personita a una canción, en los dientes salidos de la gente la matraca de la vida, del planeta y de las vidas?
Yo otorgo a todos, en estas palabras de mi atrevimiento de desorden, el derecho a la genialidad.
El que no quiera comerse un delfín, y prefiera cuidar la recepción de la antena de su casa, que aquí pare —se le pegue la lengua al paladar, y estrelle a sus hijos contra la roca.
Que pare y desaparezca, por no querer parir.
Todo lo demás es estallido.

Pero eso sí: quien no persigue ser equidistante a todos los puntos del universo: centro y lirio, incendio y voz de todos los profetas; circunferencia y accidente y calabaza y nada, y bello aire al mismo tiempo, atolondrado espadachín emocional, sin espada y puro esparadrapo ridiculizante, o pura boca con liendres, envuelta en gitanos y tamales, miedo y palabras brutas como estalactita, y se pregunte cada día de cien millones de maneras distintas quién es dios, no merece arrojarse al pasional intento de atreverse a escribir.

domingo, 25 de octubre de 2009

Lance

Poemas a Hermeto. Que recuperen la ternura de Piazzolla cantando una tristeza a su abuelo. La lozanía de Björk en su Hyperballad, donde todo se vuelve más que de la música un problema del lenguaje. Poemas a Crimson, menores, porque sus integrantes no conocieron el Alma, ofuscados en el lujo de los lentes oscuros; pero sí sus frases, sus sentidos. El rey carmesí no tiene miedo pero tampoco esperanza: Exactamente un Pantocrátor. Poemas que conviertan a otros artistas en personajes poéticos, como una afirmación: su intensidad vive y merece vivir. Que las églogas no dejen de ser nuestras en su delicioso vuelo —y dejen para siempre la casa del Principito Yo Te Cuido tus Charales, Mijo, Vete A Dar Una Vuelta Y Ándate Tranquilo, Al Cabo Que Sé Cuidarte Porque Soy El Ejército.
El poema tiene que ser la alegoría magnificante de un ánimo interior enorme, interior, combustible, violento. Porque las dimensiones de la apatía y el enemigo reclaman una oposición furiosa que no puede andarse entre las plumas del pato arcangélico. En los suelos. Las orinas. Que necesita vómito y semen en una sopa candente que sea sólo el ojo del monstruo más descomunal, bluesístico y tierno que jamás se haya transpirado.
El poema tiene que ser otra canción del tamaño de Keroac, de la sonrisa lenta de un bandoneón, del solo de Creedence en Susie Q. Otra vez a cantarle canciones al siglo, con, sin embargo, un nuevo entusiasmo, una nueva bengala, torreta para perforar canallas. Que otras bestias brinquen y despedazen los mismos parajes ya conocidos.

El corazón es un ámbito donde se puede morir.
El corazón es el sentido último de todos los barcos y acordeones, y es el primer tendón arrojándose al descubrimiento...
El corazón es una playa para pasar la infancia.
El poema es la arteria más grande del corazón.

El siglo xxi no se salvará jamás. Todas las pesadillas llegan a él como cobras multitudinarias y familiares. Vivimos en el infierno que olisquearon, tímidos, los pasajeros del primer barco de vapor. Vivimos en los dientes de Moloch.

No se salvará jamás. Así que hay que darle laguna, algún éxtasis, flautín. Hay que llenarlo, pero esta vez para que descanse, sin maneras de caucho hiper envidiable, sin atributos contaminantes. Hacer la reflexión, pero sobre todo relámpagos eyaculados por panderistas y jaraneros. A la esquizofrenia hay que devolverle églogas esquizoides, poesía bucólica con vacas-tanque y koalas bombarderos, con cuadros sin cabeza, calavéricos, y trompetas fermentadas haciendo el acento de una generación. Hasta la puta verga nos largamos.
Por, sin embargo,
era obvio,
la Belleza.

¿No?

Al poema hay que quererlo, ¿verdad?

Si es que a él vamos a confiar nuestra temperatura, aceleración y alces abruptos que quieren, en última instancia, que es siempre el principio, la fecundación de la granada.

Ser imaginantes es una responsabilidad. La Alondra Capital.
Una relevancia.

A la lava no se la maneja con piruetas chimuelas.


¿Quién llora en el traspatio de las canciones de Hermeto Pascoal?

Una hembra brama en el umbral del Dharma

No hay que ser extravagantes sin un propósito cómico social.

No hay que invocar al pájaro, al conejo de luz, a la astilla canora, sin un propósito eminentemente social.

Hay que repartir imágenes que crean que la galaxia es un solo corazón, una galleta, ladrando su afriebamiento por girar en la inmensidad, con la inmensidad adentro.

Hay que liberar al león acariciante en la plaza pública y luego soltarse a jugar, como que el brinco y helicópteros de azúcar son importancias.

Hay que llorar con delicia estilística dejando nuestras lágrimas en múltiples abejas específicas, para que nuestra tristeza alcance los pezones de las últimas cúpulas, un país silencioso, o brumoso, y natural.

Hay que liberar el helicpótero de nieve, de algodón, de carne, en la plaza pública, y rebosar su tanque con una gasolina de aplausos.

Hay que encarnar, en prosodias que recuerden lo azuloso de un ombligo, la lucidez de la imaginación:

Un tambor es la barriga de Neptuno, y Mario Santiago se parece, desde la torre de Tepito, a Walt Whitman,
y Whitman al océano a donde todos iremos a parar de boca, con el pecho florido, las manos en su carne y el infinito en ciernes.

Hay que acariciar a una mujer como a ninguna otra,
desear acostarse con todas,
sacerdotisas eminentemente vaginales,
trampolines de lo etéreo,
hechas de éter,
colores pirados de agua hacia la Cosquilla Lúcida Suprema,
y besar
sin vergüenzas
vetustas,
inventadas en el siglo Equis de un Macroconvento,
a todos los amigos.

Hay que contar con un hermano para cada día del año, y luego perder el calendario con mal gusto, y visitarlos al arbitrio y llenos de ruido.

El ruido es, claro, una calidez.

Cálido es el océano a donde vamos todos a parar de boca.

sábado, 22 de agosto de 2009

¡Lilus Kikus! ¡Kipus Likus! ¡Kolis Lukus! Una gata pequeña duerme en el pecho de Papasquiaro

Ojalá Lilus Kikus viniera a platicar conmigo...

Yo pensaría en tener a la mano un kaleidoscopio...

Y los versos de The Beatles a la mano a manera de mazapanes:

Look for the girl with the sun in her eyes
AND SHE'S GONE

Que baile encima de las macetas de mi casa e insulte a mi vecina por secuestrar las azoteas del edificio... Medida absurda... Para una ciudad construida en un valle delirante...

Entonces veríamos a la luna morder las aguas oscuras del cielo

Nos sobrarían las sílabas y los aplausos endecasílabos

Con la panzarriba esperando que nos caiga un poco de resplandor al centro del ombligo...

Por donde se hacen los bebes, como lo sabe la Borrega

Sería como acostarse en una cama inventada por Juan García Esquivel


Lilus Kikus se parece a la gata de Davit, Lola... Una niña traviesa con panza de tigre

Una niña traviesa es un trompo y una pupila efervescente

¡Ven a bailar encima de mi cabeza...!

¡Duérmete en mi cama entre mis sueños y el miedo!

Para ver entrar por la ventana a Pablo Neruda con su inevitable cara de tambor

Por la constitución de una cigüeña perdurable...